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Se ganó a pulso la fama de hombre gris e insensible, sobre todo, ante la tragedia del 19 de septiembre, cuando gobernó a los mexicanos de 1982 a 1988.
Para su desgracia, trascendió a los medios que para la presentación del I Informe solicitó –es un decir, pues en esos tiempos el presidente ordenaba y punto– que los senadores y diputados de su partido, y todos los demás (sólo en el segundo caso, pues el Senado era totalmente monocolor), se abstuvieran de interrumpirlo con aplausos porque lo desconcentraban.
–O escucho los aplausos, o leo –parodiaban sus detractores.
Como fuere. Ese presidente aparentemente gris fue el creador del modelo económico macro que aún hoy sustenta: “No hay más ruta que la nuestra”, como escriben los teóricos y propagandistas del neoliberalismo y por la que desde hace más de un cuarto de siglo transita el país. ¿Imagínese usted lo que nos hubiera pasado si se tratara de una eminencia gubernamental?
Fue Héctor Murillo quien invitó a Miguel de la Madrid a conversar y comer con el grupo interdisciplinario que delibera todos los viernes, en el restaurante de un hotel capitalino.
Puntual, como los ingleses, llegó el invitado del Grupo María Cristina.
Ingirió sus alimentos con parsimonia de gran gourmet. Y en la medida que masticaba sobresalía un color morado en sus labios.
Era tan notorio el colorido labial que Judith no pudo reprimir más su observación y la compartió con el moderador.
–¿Ya viste que este señor ahora se pinta los labios?
–No lo creo. Déjame indagar qué sucede.
–¡Claro que se los pinta!
–No seas indiscreta. ¡Baja la voz!
Apenas un guardia del Estado Mayor Presidencial se mantenía visible y cercano a De la Madrid. Otros pasaron desde temprana hora para revisar el sitio del encuentro.
Exasperante resultó la lentitud del invitado para masticar los alimentos. La yema del huevo estrellado que acompañaba al arroz empezó a escurrir suave y lentamente de la boca del comensal. Era evidente, pero de mala educación –estimó el moderador–, señalárselo al colimense.
Con discreción le acercó la servilleta de tela. Cuando el destinatario la vio casi junto a sus manos, hizo una mueca de desagrado y un movimiento brusco mediante el cual la arrojó hacia un lado.
–Ni modos. Me rindo.
A las 16 horas en punto, el autor de Cambio de rumbo, empezó a explicar los propósitos y alcances de su voluminoso libro. Lo hacía con la amarillenta marca desplegada desde la comisura de los labios, hasta la barbilla.
La escasa asistencia no amainó el buen estado de ánimo del empedernido fumador, ahora de cigarros de lechuga. Tampoco le impidió compartir juicios sobre el sucesor, ante un colectivo que hasta hoy guarda celosamente la secrecía de las opiniones e informaciones que recibe de los invitados, cuando éstos así lo establecen porque otros, a partir de 2011, pueden optar por la divulgación.
Hora y media después el moderador preguntó a De la Madrid Hurtado sobre su disponibilidad y limitaciones de tiempo.